La lucha de los trabajadores en la era del empleo fragmentado.

Marcha minera hacia Madrid. Foto de

Los sindicatos son una organización surgida en la era industrial de las grandes fábricas de ladrillo y chimeneas. Las masas de obreros compartían patrón, horario, uniforme y condiciones de trabajo en un modelo que sería imitado por otras instituciones como el sistema educativo. Los empleos de la empresa trabajaban en la misma durante toda su vida y generando así un sentimiento de pertenencia que marcaba la vida de las personas.

El sociólogo estadounidense James Petras realizó un estudio de la realidad laboral española en la primera mitad de la década de los 90. Llegó a España invitado por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, pero las conclusiones de su informe no gustaron y fue archivado hasta que lo rescató la revista barcelonesa Ajoblanco. Petras recogió la memoria de los trabajadores que vivieron la industrialización española, incorporándose a grandes fábricas como la SEAT o la Hispano Olivetti en Barcelona, y entre los que existía el “orgullo de formar parte de una empresa productiva moderna, del orgullo en el trabajo y de ser un trabajador”.

Marcha minera hacia Madrid. Foto de José Camó.

La vida en común de los trabajadores industriales se extendía a su residencia en un barrio marcado así de un intrínseco carácter obrero. Algunos de esos barrios obreros surgieron precisamente al calor de las fábricas donde trabajaban sus residentes. Ejemplos son la “Ciudad Pegaso” en Madrid, que se creó entorno a la fábrica de camiones del mismo nombre, o la Colonia Güell en Santa Coloma de Cervelló (Barcelona), donde vivían los trabajadores de las fábricas del industrial textil Eusebio Güell.

La vida compartida en las fábricas y el barrio se prolongaba en el ocio. Desde las fiestas populares de barrio, a las organizaciones culturales y deportivas. Aún hoy en el fútbol encontramos clubes con una marcada identidad obrera. El Rayo Vallecano en Madrid es un ejemplo cercano, pero encontramos esa misma identidad en otros, como el Sant Pauli de Hamburgo en Alemania o el Celtic de Glasgow en Escocia.

Ese viejo mundo industrial y obrero ha sufrido una brutal transformación según la evolución de la economía capitalista en las últimas décadas, sin que ninguna institución surgida durante la misma, ya sea desde la gran industria de altos hornos y astilleros, a los clubes de fútbol de los barrios obreros, se librara del vendaval de la historia.

Tal y como anticipó a mediados de la pasada década Thomas L. Friedman en su libro El mundo es plano, el fenómeno de deslocalización y fragmentación ha alcanzado al sector servicios. En su libro, el reportero y columnista de The New York Times, hablaba de los call-centers instalados en la India y el sistema que convertía a entrañables señoras mayores del interior del país en teleoperadoras para una gran empresa trabajando desde su casa a fin de reducir costes. Un fenómeno ampliamente conocido en la actualidad por los clientes de numerosas operadoras telefónicas que han trasladado sus plataformas de teleoperadores a otros países.

La economía de servicios de la era digital ha generado una enorme variedad de trabajo duro y precario, como los repartidores de comida encargada con aplicaciones de móvil pedaleando bajo la lluvia o los instaladores de fibra óptica empleados por una subcontrata sin los medios de seguridad adecuados para trabajar en altura (Véase «Las entrañas precarias de la economía digital)». La gran pregunta es qué nuevas formas de organización veremos en este nuevo mundo digital.

El desaparecido Ladislao Martínez, miembro fundador de Ecologistas En Acción, decía a los jóvenes que tendrían que inventar algo muy parecido a los sindicatos.

De la misma manera que los gurús económicos hablan de que la mayoría de jóvenes trabajará en profesiones que todavía no existen, ¿los trabajadores del futuro actuarán mediante formas de organización que no han terminado de madurar? ¿O la situación de precariedad y de falta de capacidad de desarrollar proyectos personales de vida les hará reencontrarse con los sindicatos?

Thomas L. Friedman en su libro concluía reflexionando sobre las sociedades que “tienen más recuerdos que sueños” y “alimentándose del pasado” viven un espejismo porque añoran no “un pasado real, sino un pasado imaginado y adornado”. Quizás sin saberlo Friedman anticipó cómo la pérdida de centralidad y la ruptura de los lazos comunitarios entre los trabajadores crearon las bases para la aparición de partidos que llevan en su programa la exaltación de ciertas identidades y la nostalgia por un pasado bastante turbio.

Recuperar esos lazos no será, por tanto, un medio para luchar por los derechos laborales sino una forma de rescatar a la democracia.

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