La economía de servicios en la primera línea de la precariedad

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El nuevo mundo de las tecnologías de la información ha traído un sistema productivo flexible y fragmentado. Los gurús del empleo y la economía llamaban la atención que las nuevas generaciones vivirían innumerables cambios de empresa en un continuo reinventarse durante su vida laboral «El 75% de las profesiones del futuro aún no existen o se están creando» titulaba El Economista en 2014, a propósito de un evento sobre emprendedores. El trabajo dejó de ser para toda la vida y los trabajadores debieron asumir que saltarían de trabajo en trabajo, formándose continuamente, hasta el día de su jubilación.

Esa fragmentación de las empresas y la producción se ha trasladado a los trabajadores. Manuel es un licenciado universitario que ha pasado, como otros jóvenes de su generación, por trabajos como teleoperador y administrador de perfiles de empresas en redes sociales. Tras encadenar trabajos temporales o sin contrato aterrizó en Geobán, una empresa del Grupo Santander para realizar tareas administrativas relacionadas con operaciones financieras sin estar de cara al público, lo que se conoce como “back office”. Se trataba de un proceso de sustitución de trabajadores con el convenio de banca por jóvenes con contratos precarios y un convenio peor.

En las oficinas de Geobán en Madrid, Manuel se encontró que en un departamento menos de diez personas trabajaban para tres Empresas de Trabajo Temporal diferentes. “El supervisor nos decía siempre que si teníamos un problema, habláramos con el supervisor de la ETT.”, recuerda. Las responsabilidades quedaban así diluidas y los trabajadores estaban desunidos. “Un mes hubo un retraso en el pago de nóminas y nos reunieron en una sala los trabajadores de la misma ETT dentro de Geobán”. Se encontró que no conocía a casi nadie. El resto de trabajadores de la misma E.T.T. pertenecían a otras ramas y departamentos de la empresa.

Algunos de los centros de trabajo de “back office” del Grupo Santander estaban fuera de España, en lugares como México, Portugal y Polonia. Sobre los trabajadores se cernía la sombra de la deslocalización y la presión sobre ellos era muy alta. Manuel pasó a plantilla de Geobán transcurrido un año y medio. “Los jefes nos hablaban orgullosos que la empresa no paraba de crecer y contratar gente”. La empresa llegó a tener así una plantilla de unos ochocientos trabajadores pero carecía de comité de empresa. Pero el problema no provenía exclusivamente de la dirección. “Cada vez que mencionaba que no teníamos comité de empresa, mis compañeros se reían de mí diciendo que me preocupaba el tema sólo porque quería ser un liberado y no dar un palo al agua”.

El rechazo de los compañeros de Manuel en Geobán al sindicalismo se centraba en la figura de los liberados. Una figura de la que tampoco guarda buena opinión, Ana (nombre figurado). Trabaja en Atos, una empresa multinacional francesa de servicios y consultoría de tecnología de la información. En España, Atos comprende varias empresas que proporcionan servicios a la administración pública española, a clientes corporativos y también a empresas del grupo Atos en el resto de Europa aprovechando los menores costos laborales españoles. Si tenemos en cuenta que Atos subcontrata a otras empresas y tiene a trabajadores ocupando un puesto en otras empresas, encontramos una maraña laberíntica de empresas y trabajadores.

Ana señala que la protección jurídica que proporciona la figura del liberado sindical frente a la empresa genera un incentivo perverso para atraer a cierto perfil de trabajador. Además, señala Ana, que en Atos a esas personas la empresa no les asigna excesivas responsabilidades para que no tengan acceso a información sensible. El resultado es el rechazo del resto de compañeros. Pero la desconfianza no es sólo hacia la figura de los liberados, sino hacia los grandes sindicatos: “Los grandes firman cosas que nadie entiende”, sentencia. Sin embargo, la vida sindical parece regida en España por las dos grandes centrales sindicales. Como se ha visto en las recientes elecciones sindicales en Telefónica y Vodafone.

En ese ambiente de desconfianza hacia los representantes sindicales Ana describe un panorama de individualismo donde “todos son quejas, pero sin coordinar ninguna alternativa”. Una situación muy parecida a la que describía Manuel en Geobán. En Atos, cuenta Ana, los trabajadores buscan solución a sus problemas laborales recurriendo a sus contactos y pidiendo favores. El resultado es un “clientelismo de bajo nivel”. La repetida paradoja de la mala opinión de los trabajadores hacia la figura de los grandes sindicatos y sus representantes en entornos laborales de gran presión y precariedad ha terminado porque surjan alternativas.

En Barcelona, las limpiadoras de hotel, conocidas como las “kellys” por la abreviatura de “las que limpian”, se organizaron para luchar por sus derechos laborales. Se encontraron que en los sindicatos tradicionales no entendían los problemas físicos asociados a su trabajo. El trabajo femenino, como la limpieza de hoteles y el cuidado de personas mayores, ha sido minusvalorado, despreciándose el desgaste físico en las articulaciones de las mujeres que han de agacharse cientos de veces al día o el desgaste emocional de las mujeres que cuidan a personas mayores incapacitada o enfermas. Unos prejuicios herencia de los tiempos en los que la división social del trabajo establecía que los hombres acudían a la fábrica y proporcionaban el sustento a la familia, por lo que el trabajo femenino en el ámbito privado no era valorado.

La realidad precaria se abre paso. Y el malestar de los trabajadores lleva inevitablemente a compartir problemas, la toma de conciencia y finalmente a la organización. La gran pregunta es qué formas adoptará esa lucha de los trabajadores en una era de empresas y trabajos fragmentados. Es posible que terminen  surgiendo nuevas organizaciones fragmentadas y transversales de organización. ¿Vivirá el sindicalismo su propio 15-M?

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