Andrea Martínez es camarera en uno de los tantos bares de la ciudad de Madrid. O lo era porque la situación actual le ha llevado a una situación de incertidumbre laboral que muchas personas comparten hoy día.

A causa de la pandemia global ocasionada por la Covid-19 muchos negocios han visto mermado su beneficio, poniendo en peligro la continuidad del negocio y en muchos casos incluso viéndose obligados a cerrar sus puertas. Una situación, que no solamente deja al pequeño autónomo como víctima, también deja un gran número de trabajadores en situación de desempleo.

Tras el período anterior de confinamiento en marzo, muchos trabajadores entraron en ERTE temporal, pero la mayoría de negocios no se han podido recuperar del cierre. Este es el caso de Andrea, una joven camarera que trabaja en la hostelería para poder costear sus estudios universitarios ante la falta de recursos económicos de sus padres.

Andrea nos cuenta como, después del verano, se ha visto un claro declive en el bar donde trabajaba.

“La reducción del aforo ha hecho que los clientes sean menos numerosos y el miedo al contagio también ha afectado a que las consumiciones sean menores, por lo tanto, ya no hacen falta tantos camareros y la gente con menos experiencia, como yo, nos hemos visto muy perjudicados”.

Tal y como nos cuenta, sus jefes se plantean de forma constante si continuar sacrificando los beneficios para mantener el local abierto o cerrar la persiana definitivamente. Esto produce en los empleados una sensación de inseguridad constante, ya que ven en peligro sus puestos de trabajo sin poder hacer nada para evitarlo.

“Vives con ansiedad, no sé si mañana podré pagar la matrícula de la universidad, el piso o las facturas. Los jóvenes no tenemos muchas oportunidades y menos sin formación, pero tenemos que trabajar para conseguir terminar la universidad y contar con más posibilidades laborales a futuro. Me levanto con miedo de que ese día mi jefe decida cerrar definitivamente”.

Andrea nos cuenta las reducciones de jornada que ha sufrido estos meses, “la jornada de verano trabajaba 40 horas semanales, pero a partir de septiembre mi contrato se redujo a la mitad, porque sencillamente, hay poca gente y poco consumo. Sobran camareros”.

Sus palabras denotan ese miedo que muchos trabajadores sufren, ya que ven amenazados sus puestos de trabajo, no solamente por un cierre de negocio o un posible despido, las duras reducciones de jornada también son un problema.

Como ella, son muchos los trabajadores que actualmente viven esta situación, siendo los sectores de turismo y hostelería los más afectado, demandan mayores ayudas institucionales y reclaman mayor información, ya que según afirman, actualmente se sienten totalmente desamparados.

Desde AEP mostramos todo nuestro apoyo a quienes están pasando por situaciones similares a la de Andrea, y les animamos a que nos hagan llegar sus historias para así poder darles voz compartiendolas.